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Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento

Las escuelas que conocemos, en general, tienen un diseño que parece asimilado al de la producción industrial. Se trata de configuraciones que parecen sostener la repetición de una tarea estandarizada que todos los estudiantes llevan adelante al mismo tiempo. Un lugar destacado está en general dedicado al docente y, si bien en las últimas décadas se han desdibujado el pedestal y el atril, no lo hizo la centralidad de su ubicación en el aula. Un lugar que bien podría caberle al supervisor en una fábrica.

De manera relativamente reciente el espacio en las organizaciones escolares empieza a ser revisado desde una perspectiva de diseño. Las aulas pueden ser espacios abiertos compartidos por múltiples grupos de estudiantes bajo la figura de un tutor, tal como hemos visto en la escuela GENTE de Río de Janeiro. Brasil. También es posible redefinir algunos espacios comunes como lugares abiertos a la creación y la tarea, como ocurre con los laboratorios de la escuela Nave, también de Río de Janeiro. Y una alternativa que se ha revelado como muy potente en el Colegio Maguen David de la Ciudad de México fue avanzar con el rediseño de espacios claves tales como el de la biblioteca central, devenida media lab y nave insignia de un proyecto de cultura digital.

La tendencia encuentra su fuente de inspiración en el trabajo de Thornburg (2015) quien sostiene que las escuelas deben cambiar para llegar a una población estudiantil diversa e involucrarla. Para ello desarrolla una serie de metáforas -la caverna, el abrevadero, el arenero, la cima de la montaña y el fogón- que sostienen actividades diversas y pueden dar lugar a arquitecturas específicas para pensar el espacio escolar en una perspectiva contemporánea. En definitiva, sostiene, las experiencias de aprendizaje deberían estar solamente limitadas por la imaginación.